Las firmas de inversión participan del furor por la tierra. Ante la volatilidad de los mercados, buscan fondos seguros a través de la adquisición de fincas. Muchas están interesadas en comercializar cereales, pero también en la producción de biodiésel, muy controvertido.
Tan sólo en Tanzania, donde el Gobierno facilita tierras, más de media docena de firmas del Reino Unido, Suecia, Holanda, Japón, Canadá y Alemania (esta última con un proyecto para biodiésel de 200.000 hectáreas) han iniciado o iniciarán sus operaciones.

En sudamerica, ante las presiones, Paraguay ha aprobado una legislación que prohÃbe la venta de tierras a extranjeros (después de que un campesino resultara muerto de un disparo de la policÃa cuando pretendÃa desalojarlo de la finca comprada por un brasileño para cultivar soja). Otros paÃses suramericanos, como Uruguay, se lo están planteando, y Brasil está en proceso de cambiar su legislación para dotar de mayor transparencia y participación local a las operaciones con activos extranjeros.
En asia, Corea del Sur acaba de adquirir 1,3 millones de hectáreas en Madagascar para sembrar maÃz y palma y está barajando la posibilidad de comprar terrenos en Mongolia.
Por su parte China se ha lanzado a la búsqueda y captura de vastas extensiones cultivables y ya se ha hecho con 1 millón de hectáreas en Filipinas. Arabia Saudà ha negociado discretamente con Indonesia el alquiler de 1 millón de hectáreas y busca cultivos en Ucrania. Incluso Japón puede haber pactado con Sudáfrica el arrendamiento de 500.000 hectáreas destinadas a maÃz.
Pero no son sólo los biocarburantes los acicates a la presión comercial sobre la tierra. Según Michael Taylor, portavoz de International Land Coalition, los controvertidos créditos de carbono, surgidos a raÃz del Protocolo de Kioto, con los que las empresas contaminantes pueden “comprar” su excedente de emisiones a industrias más limpias o sufragar proyectos ecológicos en paÃses pobres, también contribuyen.
Desde su instauración, el mercado financiero basado en estos créditos no ha dejado de crecer y mueve más de 2.000 millones de euros anuales.
Si bien los biocarburantes son sustituto “ecológico” del petróleo, el cultivo intensivo por grandes empresas, en paÃses pobres y abriendo terrenos ganados a espacios naturales, (o adquiriendo tierras antes cultivadas por pequeños agricultores que pasan a ser jornaleros), tiene el efecto contrario al deseado, de acuerdo con muchas ONG que trabajan sobre el terreno.
“Se ha puesto valor comercial a los espacios naturales”, explica Taylor, quien considera que el riesgo para los que usan la tierra sin disponer de tÃtulos legales para ello va a incrementarse: pequeños agricultores, pastores nómadas, tribus indÃgenas.
Parte del artÃculo por Lali Cambra para elpais.com. Otras fuentes: InfoMarket (Suscripción)
