ArtÃculo publicado en el The Miami Herald y escrito por Luis Alberto Moreno:
Al proponer que Estados Unidos utilice 35 mil millones de galones de combustible renovable por año antes de 2017, el Presidente George W. Bush llamó la atención a una cuestión que ha estado ausente en el debate sobre el etanol, el biocombustible más difundido en la actualidad.
¿Puede Estados Unidos autoabastecerse de etanol?
Hasta el momento, la mayorÃa de promotores de los biocombustibles en Estados Unidos ha hablado del etanol como una oportunidad nacional: una forma de generar empleo y dirigir inversiones al sector agrÃcola, a la vez que se reduce modestamente la dependencia en hidrocarburos importados. Si esta tendencia prevalece, es probable que el etanol termine como el azúcar, con su desagradable historia de intervenciones y maniobras proteccionistas por parte de gobiernos.
Las limitaciones de esta tendencia ya son evidentes. En 2006 el precio del maÃz se disparó en un 80 por ciento en Estados Unidos debido a la creciente demanda de las destilerÃas de etanol que utilizan ese grano. La eventual alza de precios de alimentos derivados o alimentados con maÃz (como la carne de res o de pollo) fácilmente podrÃa generar un rechazo popular contra el etanol.
Si los productores de etanol en Estados Unidos apenas pueden satisfacer la actual demanda sin generar consecuencias inaceptables, ¿cómo se supone que puedan suministrar las cantidades inmensamente superiores que requiere la propuesta del Presidente Bush?
Los mercados ya tienen una respuesta. A pesar de un arancel de US$0,54 por galón, Estados Unidos cuadruplicó sus importaciones de etanol en 2006, llegando a 616 millones de galones, según la Comisión de Comercio Internacional de Estados Unidos. Brasil fue el origen de dos tercios de ese volumen, seguido por Jamaica y China. Actualmente, además de Brasil, varios gobiernos latinoamericanos están ampliando o iniciando importantes programas de producción de etanol y los inversionistas están financiando más de cien destilerÃas nuevas en Centro y Sudamérica.
Para Estados Unidos, las ventajas económicas y polÃticas del etanol importado son claras. El etanol derivado de caña de azúcar (la materia preferida en zonas tropicales) es desde el punto de vista energético mucho más eficiente que el etanol derivado de maÃz, y mucho más barato. Gracias a su clima y a su abundante tierra agrÃcola, muchas naciones latinoamericanas están especialmente calificadas para el cultivo de caña de azúcar. La importación de etanol de América Latina y del Caribe harÃa más confiable el suministro en Estados Unidos al diversificar sus fuentes y minimizar interrupciones causadas por mal tiempo o enfermedades agrÃcolas en un paÃs productor. También conducirÃa a precios más baratos y más estables para las mezclas de etanol y gasolina que comprarán los consumidores para sus automóviles.
Aunque la mayorÃa de los paÃses de la región lógicamente dedicará el grueso de su producción de etanol al mercado interno, la posibilidad de ganar divisas exportando el excedente de esa producción es muy atractiva. Esta oportunidad es particularmente atractiva en Centroamérica y el Caribe, una región con un enorme potencial de producción de etanol que hoy depende casi totalmente de hidrocarburos importados. El etanol podrÃa convertir a los agricultores (incluyendo a productores de azúcar que han perdido subsidios) en empresarios de la energÃa, y podrÃa atraer inversiones a áreas rurales deprimidas, generando decenas de miles de empleos y aliviando la presión por emigrar.
Importar etanol de América Latina no significa reemplazar una dependencia de combustible por otra, como han afirmado algunos. Por razones bien conocidas, Estados Unidos va a depender de combustible importado por muchos años más. Pero al servir de catalizador al desarrollo rural y proveer una nueva fuente de comercio con sus vecinos hemisféricos, el etanol importado puede fortalecer los intereses estratégicos de Estados Unidos, algo que no puede decirse de petróleo importado del Medio Oriente.
El mercado hemisférico de etanol ya está tomando forma. Importantes firmas agrÃcolas de Estados Unidos tales como Cargill Inc. están formando empresas conjuntas de etanol con compañÃas latinoamericanas y caribeñas. El mes pasado, Maple Cos., una compañÃa energética con sede en Dallas, Texas, empezó a construir una planta cerca de Piura, Perú, para producir etanol que será exportado a Estados Unidos. El comercio internacional de etanol, aunque representa aun menos del 10 por ciento de la producción total, está aumentando rápidamente. Y el Banco Interamericano de Desarrollo está brindando asistencia técnica a varios gobiernos de Centroamérica que se proponen crear industrias de etanol con la tecnologÃa y los conocimientos que ofrecen Brasil y otros paÃses.
SerÃa una tragedia que esta incipiente industria fuera sofocada por las pugnas proteccionistas que han atascado la Ronda de negociaciones comerciales internacionales de Doha. Se anticipa que la demanda global de etanol sobrepasará la oferta durante muchos años más, por lo cual las importaciones no representan una amenaza a los productores de Estados Unidos o cualquier otro paÃs. Este es el momento para que los gobiernos, los productores y la Organización Mundial del Comercio unan fuerzas y despejen los obstáculos legales que impiden el crecimiento de un mercado dinámico de etanol.
Ciertamente el etanol no va a solucionar los problemas energéticos mundiales. Pero en un momento en que la ansiedad sobre la confiabilidad de las fuentes de hidrocarburos enturbia las relaciones hemisféricas, el etanol puede ser una fuente mutuamente beneficiosa de comercio, de desarrollo y, muy posiblemente, de buena voluntad.
Este artÃculo fue publicado originalmente en inglés en The Miami Herald.
